martes, 20 de mayo de 2008

Vivir sin mas

Cada día despertaba con la misma sensación de indefensión. No sabia de donde procedía aquella sensación pero lo que si sabia era que le hacia mas compañía que muchas personas. Paseando por el parque los pájaros estaban mudos ante el y al caminar por la calle los coches no emitían ruido alguno. Tiempo después se dio cuenta de que no era el mundo el que no hablaba sino que era el quien no escuchaba con suficiente atención. El café en vaso de papel no era nunca lo suficientemente fuerte, ni lo necesariamente flojo como para resultar ni tan siquiera aceptable. El color de las cortinas del baño siempre era demasiado chillón y, cuando estaba con ella en la cama, su cuerpo no era nunca lo que hubiese deseado y se dejaba llevar como una marioneta

Sin embargo aquella mañana se levanto con una sensación rara. Al principio no le dio la mayor importancia. Se lavo los dientes con el mismo cepillo que había usado desde hace meses, mientras pensaba en lo picante del sabor de la pasta. Se vistió con la misma parsimonia que tiene un perezoso escalando un árbol, sin la necesidad, que cada día le acompañaba, de ir mas rápido para llegar antes a ninguna parte.

El desayuno que tomo esa mañana también le pareció distinto; el café no estaba aguado y la tostada estaba lo necesariamente crujiente como para poder disfrutar el crujir en la boca. Una vez pagado el desayuno se fijo por primera vez en la camarera, en su pelo moreno que le caía casi descuidadamente sobre el hombro izquierdo y que trataba de colocar en su sitio con graciosos vaivenes de cabeza. Una sonrisa asomo a sus labios cuando la observo.

Al salir a la calle se dio cuenta de que ya no era un extraño en el mundo y, por primera vez en mucho tiempo se sintió a gusto rodeado del resto de la humanidad. Una vez más volvió a disfrutar del sexo, del café y de los pájaros, de las miradas furtivas, de los malentendidos, las sonrisas cómplices, las caricias, el teatro, el cine y la compañía de los que habían sido sus amigos

Pero poco a poco esa sensación agradable fue diluyéndose hasta que un día ya no se despertó con su compañía. Al parecer nos acostumbramos rápidamente tanto a lo bueno como a lo malo Ni se dio cuenta; se lavo los dientes con rapidez, se vistió apresuradamente y, antes de salir a la calle le dio un beso en la boca a ella; cerró la puerta de la calle y se dirigió a su coche mirando el reloj.

No se dio cuenta, hasta un tiempo después, de que ya había vuelto a perder la ilusión; de que volvía a hacer las cosas como un autómata, a levantarse, trabajar, volver a casa, una sonrisa fingida, una cena por compromiso, una copa para olvidar y un polvo para recordar.

Pero nada de aquello le preocupaba porque, y en eso si había cambiado, en su interior albergaba la esperanza de que todo aquello sirviese, al final, para algo mas que vivir sin mas y morir sin mas: Esperaba dejar, de alguna manera, su huella en el mundo


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